Conocí a Juanjo Conti una tarde lluviosa de primavera. Emergió de un viejo edificio céntrico porteño con su altura campesina y una mochila. Parecía un doble agente informático de las películas de espías, neutro y algo desaliñado, chequeando en el celular que llegara el Uber a tiempo. De ahí, fuimos a una librería donde nos pidieron que no hiciéramos ruido porque en una ronda solemne, entre sillas, alguien leía un libro y algunos otros, asistentes de un taller, decían que sí con la cabeza y comentaban impresiones. Después lo llevé a comer una de las mejores pastas de la ciudad. Dijo que las porciones eran muy grandes. Es verdad, en Buenos Aires las porciones son desproporcionadas. Dijo que yo era “el primer perdedor”.
Me gustó esa definición.
Popit es una novela familiar sostenida por una trama ligeramente policial. Ni el fantástico ni el policial están instalados como un hecho narrativo, pero se los usa a conveniencia de la trama. Juanjo Conti es ingeniero en sistemas y casualmente el padre del narrador de Popit también. Esa particularidad de la profesión del autor no se cuela solo en el tema, aparece también en la forma en que escribe: los géneros menores, hasta ligeramente la ciencia ficción, sobrevuelan las páginas como una función. Cada palabra, cada rasgo de los personajes, cada diálogo, encaja en un código binario literario.
La memoria quizá sea uno de los grandes temas narrativos del siglo XX. Tal vez su importancia siga creciendo en este siglo, porque no hay certezas científicas aún de su funcionamiento. ¿Por qué recordamos algunas cosas y otras no? ¿Algunos gestos, algunas caras, lo que hacíamos exactamente el día que tumbaron las Torres Gemelas o el feriado tormentoso en que murió Néstor Kirchner? ¿Y por qué alguien nos recuerda, de repente, lo que habíamos sepultado para siempre de nosotros mismos? Ese misterio es poderoso para la literatura, y Popit se aprovecha funcionalmente de ese misterio. Al padre del narrador lo diagnostican con Alzheimer, y la casa familiar se derrumba: hay que hacer malabares con la plata que no alcanza, los cuidados son exigentes, la salud se deteriora sin aviso. En unas pocas páginas el padre se convierte en un “bebé gigante” y pierde la capacidad del habla.
La originalidad de Popit está en la forma en que trata el tema de la memoria. El hijo, narrador de la historia, cree que su padre empieza a comunicarse a través de un código con un juguete, el popit, que usa todo el tiempo. Las imágenes insertas en medio de las páginas, simulando códigos, me contó Conti que las hizo con una inteligencia artificial de manera muy básica. Están buenas porque le dan un aire detectivesco, un aire a esos viejos jueguitos de computadora, y me hizo acordar a cuando jugábamos de contrabando al Carmen Sandiego en las compus de la escuela, en la hora de Informática.
Conti es binario y preciso hasta para las descripciones de la naturaleza: “cuando sonó el timbre, [el tiempo] se me hizo tan lento como el que le lleva a una oruga cogollera completar su ciclo de vida: huevo, larva, pupa y adulto. Treinta días en verano, sesenta días en primavera, noventa días en invierno. Estábamos en primavera”. Ni un día más ni uno menos. La capacidad lingüística para resolver situaciones en poquitas palabras es
sorprendente, como cuando la hermana del narrador consigue un comprador para el auto del padre. Nunca se dice quién es, de dónde sale, cómo lo consiguió. Es un suspenso narrativo a la Netflix, directo al hueso, y a otra cosa. A sacar del medio.
Mientras comíamos con Conti, planeamos una visita al barrio de Flores que al final no hicimos. Para otro encuentro quedará quizá ir a revolverle la basura a César Aira en busca de los cuadernos con su letra original que suele tirar.
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Popit obtuvo el primer premio (compartido) del Concurso Regional de Nouvelle de la Editorial Municipal de Rosario 2024.