¿Cómo se llamará el efecto, la capa, el lente que poseen estas imágenes y las hace parecer más viejas, aunque las hayan tomado hace poco? La Estación de Bomberos, ciertas tomas de las nevadas o de los rescates, cierto coqueteo de los rostros en una fotografía parecen venir de los noventa. Eso me calma y deja confortarme aquí, en estas imágenes, como en una habitación desocupada.
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En lo que más pienso mientras miro es en la materialidad. Los edificios sólidos, la ciudad misma. Resulta increíble. La serie se basa en incendios, accidentes, derrumbes. Sin embargo, no logro ver en las tomas el desguace de la materialidad sino su constancia. Todo me parece sólido de repente. ¿Será el material con el que está hecho un camión de bomberos? ¿Será la forma específica de ese rojo? ¿Qué es? ¿El cuerpo de los actores? ¿La calidad de su ropa? Nunca sabremos bien si vemos estas ciudades más sólidas porque son más ricas que las nuestras o, simplemente, porque están lejos de nosotros. Nunca podremos ver ese país como ellos lo ven y, sin embargo, como en un sinfín de espejos han desplegado las filmaciones de su interioridad por todas nuestras vidas, por todas nuestras pantallas para que lo veamos. La distancia material, la distancia temporal que siento. Toda esa solidez que percibo está hecha con distancias. La vida se aloja en Chicago, en Brooklyn, en Seattle. Desde aquí puedo, a salvo, contemplarla.
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La solidez también tiene otras formas. Cada uno de los personajes posee un pasado más o menos extenso. Cada uno de ellos viene de una historia, una formación, un trayecto. Cada uno tiene ese trabajo y otro más. Cada uno está siempre moviéndose. Viven dentro de esa cámara y nunca descansan: cuando hacen el amor y quedan dormidos el capítulo acaba o se desata un incendio. Las series nos enseñan que la cámara enfoca, los ojos se abren, siempre que pasará algo. No debemos naturalizar la elipsis del cine. Debemos rebelarnos a su maravilla. Ellos se mueven constantemente en ese tumulto. Toman decisiones en diálogos breves. Resuelven conflictos con un intercambio de palabras. Destraban la trama con una muerte, un accidente, un cambio repentino como si tuviesen la baraja de Propp en sus manos. Sus trabajos, sus acciones, su vocación son sólidos. Aunque estén entregados a un arco de maduración en la serie, su identidad ya está constituida desde un principio. Como las Torres Gemelas, ellos saben constantemente quiénes son.
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No se trata de que vivan aventuras. La estructura de esa ciudad es la aventura. A donde quiera vayan hay un sitio con alguna historia, un equipo preparado y específico para atender este suceso. La Oficina de Investigación de Incendios. Servicios Sociales. El equipo del Chicago Med. La policía federal. La policía departamental. La policía local. La oficina de tránsito. El cuartel general. El Club 100. La oficina del Alcalde. El concejal del distrito. El rector de la escuela. La escuela. El equipo de hockey. Los padres del equipo de hockey. Nadie descansa. Todos se ocupan en mil tareas. Hay mil personas para cada tarea. Y en cuanto el desperfecto ocurre, en cuanto la emergencia se desata, pasan apenas tres minutos a que un jefe de batallón, una ambulancia, un camión de bomberos, una autobomba y un escuadrón de rescate se hagan presentes. El novecientos once no falla en ningún momento, el país mismo fue hecho con una línea de emergencias insomne y perpetua. La vida tiene un espesor impresionante, una magnitud que nosotros desconocemos.
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¿Será porque ellos tienen dinero? Dejan los almuerzos recién servidos. Invitan a comer fuera a todo el mundo. Organizan funerales preciosos. Reparan botes, hacen viajes, tienen finanzas hogareñas, invierten en crear un café. Hasta los escritores estadounidenses parecen inmersos en un mundo donde escribir es una tarea sólida, seria, respetable como la de vivir sacando gente de los incendios. Como si cada mañana fueran a hacer eso. Y como si en un día entrase tiempo suficiente para poder seguir luego por más y más. Los veo en Molly’s cuando acaba su turno o yendo a desenmascarar a alguien o en una cita o preparando una elaborada cena. No se cansan ellos. Ni siquiera cuando las torres caen.
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¿Por qué nuestra vida no es como en las series? No es un lamento sino una pregunta de investigación. No es una pregunta obvia, es un sitio donde detenernos. ¿Qué tiene de distinto todo esto que nos rodea con aquello que miramos? ¿Alcanza con decir que es porque nosotros existimos?
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Mis episodios preferidos son aquellos en que nieva. Daría todo por estar allí, por simular que tengo una tarea importante y clara que realizar mientras atravieso la nieve, mientras cierro una temporada bajo las enormes estatuas de una Facultad de Medicina con siglos. Mientras anochece en una ciudad que jamás veré. Siempre girando para dar espacio a la vida, para comenzar algo, para enfrentarme a. Nieva de una manera hermosa alrededor de todos ellos. Me dan ternura. Vienen a mí a rescatarme. Me ponen a salvo. Se dan cuenta antes que yo quién soy. Mis amigas creen que miro series de bomberos por los hombres de la trama. No saben que las miro por la contundencia de las imágenes, por el amparo de esa bondad. En las series de bomberos todos son tan nobles y buenos. Tan hermoso ese capítulo en que un niño pasa el día en la Estación de Bomberos. Su madre es una detective y debe testificar. La asesinan antes que termine el turno y mientras anochece, todos ellos ya saben pronto ese niño se enterará lo que pasó. Llega su hermana en un vuelo, en las series se puede volar, y se conduce a la Estación en autos oficiales. El Estado entero se pone al servicio de que esa gente pueda vivir su vida, que ese niño llorando suba a un reconfortante y mullido asiento de atrás con vidrios polarizados. Severide se acerca, lo consuela, le hace una promesa. Le entrega el perro que tuvieron de mascota toda la temporada. Deja a ese niño irse en la noche, custodiado por los federales, hacia su vida, hacia su desconocida e inmutable vida.