En noviembre de 2024, Sofía y Juan Pedro — trabajadores culturales vinculados al cine— estuvieron en Paraná con motivo de la sexta edición del FICER (Festival Internacional de Cine de Entre Ríos). Sofía participó como jurado del mercado, un espacio dedicado a proyectos en desarrollo de la región; mientras que Juan Pedro, hondureño recientemente mudado a la Argentina, fue invitado a una mesa de discusión sobre programación y festivales.
Un año después, con la expectativa y la ilusión puestas en la próxima edición del FICER que tendrá lugar del 25 al 30 de noviembre, ambos conversan y reflexionan sobre su experiencia en el festival: qué los convocó, qué encontraron en Paraná y cómo ese espacio resonó en sus trabajos y miradas sobre el cine y la cultura.

Juan Pedro: Si me preguntabas sobre Entre Ríos hace un año no sabría qué contestarte. No sabía ni dónde estaba en el mapa, ni cuáles ríos, ni nada. En Honduras no aprendí mucho sobre Argentina: Messi, Maradona, Soda Stereo, Facundo Cabral; ah y Floricienta. Conocimientos básicos. Está lejos Argentina, y más lejos la provincia. De repente me mudé aquí y apareció el FICER. Llegué a este país como un niño, lleno de asombro y expectativa. Sabía que había una gran movida cultural y, en especial, cinematográfica. Me ilusionaba y me sigue ilusionando explorar argentina a través del cine; aunque soy consciente de no haber llegado en el renacer de su esplendor. Los nombres de los lugares ya de por sí son pintorescos. Entre Ríos, Paraná. Me pasaste esa canción de Rosario Blefari que aún hoy, un año después, sigue en mi cabeza.
Sofía: Creo que la primera expectativa ya se genera con el hecho de salir de Buenos Aires. Ya de por si, tener que cruzar el Puente Zárate Brazo Largo para llegar desde Buenos Aires a Paraná hace del viaje una experiencia, en principio, maravillosa. La ruta es un sueño, las nubes y el río también. Ya salir de la capital es un sueño.
JP: Al mismo tiempo llegué con muchas preguntas. Como vos, y como muchxs trabajadores del ecosistema cinematográfico, especialmente quienes estamos vinculados a los festivales, vengo cuestionando y reflexionando sobre estos espacios. Hay una enorme cantidad de festivales en el mundo con funciones y ambiciones muy distintas que a veces se ponen en tensión. Los festivales son organismos vivos: nacen, se adaptan, crecen, mutan. Por eso, cada vez que tengo la posibilidad de acercarme a uno, siento que es importante detenerme y preguntar: ¿Por qué esto? ¿Por qué acá? ¿Por qué ahora? ¿Y para quién es? Muy rápidamente entendí algunas cuestiones. Sin dudas el FICER es un festival íntimo, relajado (al menos para los asistentes) donde nadie te apura. Podes ver películas y dormir la siesta. Es un festival pensado al servicio del encuentro, de las confluencias.
S: Sí, y eso se siente de muchas maneras. Una de ellas es a través de los espacios del festival. Pienso en la apertura en el Centro Provincial de Convenciones (CPC): un lugar que, para ser tan institucional, resulta sorprendentemente cálido. Muy moderno, alto, abierto al río. Ese espacio —junto con la Usina— funcionaba como un verdadero punto de encuentro. En el centro había una plazoleta hermosa, con carritos de comida y mesas grandes para compartir. Me pareció una decisión muy inteligente. Era fácil encontrarse en el patio disfrutando del clima o de los gin tonics con hierbas. Ese típico “Nos vemos en el centro, al lado del camión de cerveza” que todxs repetíamos. Y creo que eso es clave en un festival: tener lugares de encuentro accesibles. Un espacio donde las personas que asisten puedan cruzarse, compartir historias, continuar conversaciones que empezaron en la sala. El resto de las sedes también estaban cerca, igual que el hotel (que además era fabuloso, así que dormir y desayunar era un lujo). Todo eso sumaba a la sensación de comodidad y buena organización; uno iba y venía caminando, mirando el río, sin complicaciones.

JP: Sí, el diseño del espacio por un lado, y por el otro, la programación.
S: Claro, está el diseño curatorial. La apertura —y buena parte de esa edición— estuvo dedicada a Tilda Thamar, la llamada “bomba rubia argentina”, nacida en Urdinarrain, Entre Ríos. Se proyectaron algunas de sus películas y se homenajeó su figura. Fue muy conmovedor porque, a través de la programación, una vuelve a experimentar en cuerpo y alma cómo estos cruces entre estrellas del siglo pasado y películas contemporáneas permiten lecturas transgeneracionales alejadas de cualquier linealidad. No solo en términos de la historia del cine, sino de la Historia en general. Como espectadora y participante del festival, sentí ese cruce entre pasado, presente y futuro, y creo que esa simultaneidad le da bastante sentido a lo que hacemos.
JP: Pasaron cosas muy lindas esa primera noche que creo que capturan la esencia del festival. En la apertura, vos fuiste a ver Elda y los monstruos y yo Monólogo Colectivo de Jessica Sarah Rinland. Jess es una querida amiga que vive en Londres. Nos conocimos en el 2020 en un taller sobre cine y museos que ella daba en UnionDocs, un centro de cine documental en Nueva York donde yo trabajaba. Milton Secchi, programador del FICER, vivía en Nueva York en esos tiempos y también participaba de ese taller. Recuerdo que una vez hizo un asado en el patio del edificio y llegaron los bomberos de Brooklyn preocupados por el humo. Nos hicimos amigos. Hace mucho que no lxs veía. Nunca me imaginé que íbamos a volver a cruzarnos lxs tres en Paraná.
Terminamos tomando uno de esos gin con pomelo en la plaza mientras esperábamos que empezara la proyección al aire libre de la Noche Tilda Thamar. Siempre habían funciones trasnoche abiertas al público: adultos, chicos, adolescentes, todos mezclados viendo cine en pantalla grande. Iban a proyectar películas de Tilda recientemente restauradas por el Museo del Cine. Vos volviste de ver Elda… y te sumaste a nosotrxs.
S: Ah, sí, y se cortó el audio.
JP: Sí. Algo falló, y el audio de una de las películas se detuvo. Y de repente alguien se levanta – era la protagonista de Elda – quien, improvisando, agarra una guitarra y comienza a tocar y cantar en vivo sobre la proyección.

S: Más reencuentros, cruces e improvisaciones inesperadas. Quiero resaltar que celebro mucho la programación y los diálogos que generaron. Por un lado, había un cuidado y atención especial al situar la programación en el lugar – en Entre Ríos. Tilda es un ejemplo pero también estaba Marilyn Contardi o el Cancionero Litoral Expandido. Por el otro, el programa incluía varias películas nacionales e internacionales como el foco sobre Luciana Decker Orozco, una joven cineasta boliviana. Milton curó el programa: tres cortometrajes experimentales en 16mm, delicados, políticos, sobre objetos y materia. Más tarde, ese mismo día vimos Senda India de Daniela Seggiaro, cineasta salteña. Conocimos a Dani la noche anterior en el patio central. Senda India es de esas películas importantes. Miguel Ángel Lorenzo, un joven wichí, filma durante los 90′ un montón de imágenes de la comunidad. Dani pone en el presente el material y abre una conversación sobre la resistencia, los reclamos territoriales y el refugio de la lengua. De la sala salimos afectadxs.
JP: Creo que había buena cantidad de películas heterogéneas y cuidadosamente seleccionadas. Ambos reconocemos que es muy valioso – y muy difícil- el balance entre la programación y la hospitalidad. Es muy fácil querer compartir un montón de películas y no dar espacio a momentos de reflexión, encuentro, respiro – traducidas a una birra o un choripan en la plaza. Es tentador, poniéndose uno en posición de programador, llenar el calendario de eventos. Pero como espectador es medio complicado sentir que todo el tiempo te estás perdiendo de algo. La clave y la belleza del FICER es que lograron diseñar un festival que da prioridad a la experiencia de estar presente; y luego el programa parece desprenderse de ahí – o al menos así lo sentí.
S: ¿La noche de Senda India fue la noche de la lluvia, no?
JP: Sí, un diluvio considerable. La gente corría desde el patio hasta el CPC para escapar del agua. Salía un contingente de ver Algo viejo, algo nuevo, algo prestado, y ahí nos encontramos en masa: los mojados, los fríos del aire acondicionado y los que recién estaban descubriendo el temporal. Malala, gran productora del festival, intentaba ayudar a todxs lxs invitadxs a conseguir un auto, menuda tarea. Entre Ubers, padres y madres buscando a sus hijxs y gente corriendo desesperada, se armó el embotellamiento. Encontrar el auto que habíamos pedido era imposible. Estábamos todxs en la misma, refugiadxs hablando de cine. Terminamos esperando que pasara la lluvia con María Aparicio y Ana Aponte. Yo estaba muy emocionado y les conté que tenía pensado ver Las Cosas Indefinidas al día siguiente. Nunca se me va a olvidar eso. Son cosas que pasan en los festivales. Al final, logramos llegar sanos y salvos al hotel. Malala nos consiguió un transporte para lxs cuatro.
S: Nos reímos todo el viaje de lo empapado que estabas por la cantidad de veces que habías salido a la calle a verificar el auto.
JP: Yo resalto y agradezco el trabajo del equipo del FICER. Los vi todas las mañanas desde el día que llegué sentadxs en una esquina del desayunador del hotel reunidxs escribiendo mails, haciendo llamados, ajustando los planes del día y, a la vez, divirtiéndose. Se tomaban el tiempo de saludar y asegurarse que todxs estuviéramos bien y disfrutando. Esa energía – la disposición y la atención al presente – se transmite. Es lo que facilita que cuando surgen imprevistos durante el festival (siempre pasan) se abran posibilidades memorables.
S: Sí, justo al día siguiente hablamos de eso. Fue la charla sobre festivales a la que fuiste invitado. Se conversó sobre el rol de los mismos y los espacios de encuentro y exhibición. Estaban lxs amigxs del Festifreak, del Archivo de la Memoria Audiovisual del Nordeste, Festival PLAY, ASUFIC y vos como representante de Tercer Cine Honduras. El debate dio lugar a preguntar sobre la exhibición de cine hoy y cómo llevar a cabo esa ardua tarea siempre precarizada, desfinanciada, y encima, exigida a ser “exitosa” (que las salas estén llenas). Claramente no aparecieron respuestas pero como diría Fabián Casas: “lo importante está en los cruces”. Es esencial tener espacios de conversación y dar la palabra en los festivales. No hay mejor momento que ese para debatir y pensar sobre su futuro. Deberíamos encontrar la manera de fomentar y acercarnos más seguido a estas rondas de conversación.

JP: Creo que esas conversaciones terminan estando presentes durante todo momento, incluso lo estamos haciendo ahora vos y yo. Además tienden lazos y se generan nuevas amistades, se aprende mucho del otrx.
S: Es que los buenos festivales tienen eso: se arma una provisoria comunidad ensamblada por distintos agentes que compartimos un amor, que en este caso es el cine. En el mejor de los casos esas comunidades se extienden en el tiempo y en el espacio. Y no solo pasa entre personas que compartimos generación, sino con maestrxs. Recuerdo haber escuchado sobre Marilyn Contardi en la universidad, como también haber visto películas de Raúl Beceyro y de pronto, ¡ahí estaban! Es como que si te dejas atravesar por las experiencias que estos festivales proponen, entendés el cine en carne propia. Ya no es la idea que te haces del texto que leíste en la facultad, es la persona que está ahí sentada en la misma sala que vos conversando sobre la experiencia artística y la sensibilidad con la cámara.
JP: Es fascinante eso. Cierto que esa noche fuiste a ver el foco sobre Marilyn Contardi y yo me fui por el lado del cine argentino contemporáneo.
S: Sí, otra de las homenajeadas del festival. Una mujer santafesina increíble -cineasta, docente, poeta, traductora. Fue parte del Instituto de Cine Documental de la UNL donde filmó numerosos documentales sobre el paisaje litoraleño en relación con las voces y sonidos del pueblo. Invitaron a Fernando Martin Peña a proyectar en 16mm cuatro cortometrajes de ella. La sala estaba llena. A la salida de la función vendían libros, compré: El guión y la luz en el cine. Era imposible expresar la gratitud por el compromiso y la huella que ambos dejaron en nuestra historia. La función fue una de esas experiencias de las que uno sale con todo adentro, y lo que ocurre ahí es una sensación de plenitud, de que todo está bien.
JP: Yo vi Todo documento de civilización de Tatiana Mazú y seguí con Las cosas indefinidas de María Aparicio. Y también, como decis, salí muy, muy conmovido. Ambas películas, de diferentes maneras, exploran el duelo. Cosa que fue muy curiosa considerando lo que pasó el día después.
S: Yo tenía los pitches del mercado y vos te fuiste al estreno nacional de Grand Tour de Miguel Gomes.
JP: Fue en la sala que está dentro del shopping. A la mitad de la película recibí un llamado. Uno de mis mejores amigos de la infancia llevaba unos meses luchando contra una enfermedad. Supe desde el momento que vi la llamada que había fallecido. De repente me encontraba en un lugar desconocido, con gente nueva y muy lejos de casa. Salí de la sala y caminé en dirección del CPC. Hacía un día espectacular. El cielo estaba totalmente azul, solo un par de nubes. Cuando pasé por la Usina me acordé que estaban proyectando Cuando las nubes esconden las sombra de José Luis Torres Leiva – otra película que tiene que ver con el duelo de una amiga. Me pareció loco eso. Me senté en una plaza con vista al río cerca de una estatua enorme de un pato, muy simpática. Me sentí agradecido de estar ahí en ese momento.

S: Hace poco hablando de festivales me dijistes: “a veces uno no va, sino que llega”.
JP: Sí, resonó mucho eso y encima el último programa fue Cancionero Litoral Expandido, una conversación entre vivos y muertos a través del sonido y la imagen. Todo parecía a propósito.
S: Silvina López y Marcia Müller interpretaron temas de Linares Cardozo y de Miguel “Zurdo” Martínez, generando un diálogo con imágenes de archivo que se proyectaban sobre ellas. Salimos de ahí y estuvimos un largo rato en silencio.
JP: Creo que la fuerza de un festival está en las experiencias personales y colectivas que se tejen en esos momentos, entre las cosas, a veces también en el silencio. Como en un montaje, esas pausas se enlazan con las películas con los hilos que proponen y las preguntas que dejan. Pero para que eso exista hace falta una base sólida: una maquinaria que funcione, que cuide, que permita que la gente se sienta bien y pueda estar presente. Ese es el trabajo del festival.
S: Y por supuesto, posibilitado por una base de financiación que haga esto posible y sostenible: que se le pague a la gente por trabajar, que se paguen las películas, los gastos de invitadxs, las sedes, etc, etc, etc. Sin dudas un proyecto semejante sin presupuesto es imposible de soñar. Incluso, el compromiso del financiamiento público hace que la gente participe más. Uno siente la responsabilidad de asistir y presenciar las funciones. Hacer sentir parte, y realmente ser parte. Todxs tenemos que trabajar un poco.
JP: Sí! El valor y la importancia de estos festivales para nosotrxs, como trabajadores culturales, es soñar con poder hacer, posibilitar y habitar cada vez más lugares así.

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Juan Pedro Agurcia nació en Tegucigalpa y vive en Buenos Aires. Trabaja en programación, producción, promoción y distribución cinematográfica, enfocándose en el acceso, la experimentación y la creación de comunidad a través del cine. Es Director Artístico, programador y co-fundador de Tercer Cine Honduras, y actualmente se desempeña como Productor y Director de Programas en el Flaherty, el evento cinematográfico más antiguo de Norteamérica, donde ha producido múltiples seminarios incluyendo el 70º Seminario Flaherty “ONWARD!”. Es co-fundador y editor de Corrientes, una plataforma digital trilingüe dedicada al cine experimental latinoamericano.
Sofía Lena Monardo es productora audiovisual y cultural. Estudió Imagen y Sonido (UBA) y un máster en Curaduría Cinematográfica (EQZE). Coordina el programa Locarno Industry Academy América Latina. Produjo varios documentales entre ellos, Bajo las banderas, el sol (Arg-Py) y Level (España). Programó ciclos de cine y trabajó en espacios como el Centro Cultural Recoleta, Teatro Colón, Tabakalera y IAAER.
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