Echar la suerte

Sigue lloviendo, pero ya disminuye la cantidad de agua caída; con el pasar de las horas, creo oportuno retomar la escritura de este diario, y así también ejercitar mis capacidades como cronista de los días que pasan.

Entre los recientes momentos destacados, por llamarlos de alguna manera, sobresalen la última producción del Instituto y la sorpresiva aparición de una librería, Piedra Blanda lleva como nombre, en el corazón del barrio. Hace 28 años vivimos en el mismo domicilio y nunca se me había ocurrido concebir la existencia de una librería a escasos pasos.

Dónde había un garaje ahora se lucen títulos a la vista de quien venga o vaya caminando hacia el este o el oeste de calle Ituzaingó. Entramos el miércoles con Laura y compartimos la sensación de ser parte de algo alucinante. Resultó inmediato dejarse llevar y elegir un libro al azar. A diferencia de otras librerías, ordenadas y gigantes, repletas hasta la maceta, la apuesta de Piedra Blanda es suficiente como precisa, desplegando todo su esplendor en espacios reducidos (una sala pequeña y un entrepiso conectados por una escalera caracol). La librería promueve una hazaña ordenada a inventar un circuito de lectores y lectoras que crecerá en el tiempo junto a las historias que vayamos contando.

Una obra gigante, sea lo que sea eso, se construye por arrojo, intuitiva y detenidamente, dejando espacio entre los días, a la vez que registrando toda cosa mínima, corriente y habitual. Parece no haber contrastes entre arte y vida.

Eso me pasa cuando veo las películas que producen Francisco y Ángeles bajo la dirección del Instituto. Salir a la tarde y filmar. Salir de noche y filmar. Editar al día siguiente y publicar lo filmado, el filme, sin esperar. Por todos los días que haya, escribir un guión, un texto o una página, y salir a registrar lo que haya dando vueltas por las calles, avenidas, plazas y bares para guionar después. Lo que vemos, por más cotidiano que parezca, se transforma en la pantalla.

De la última película –titulada Indicaciones para una película futura, sobre un viernes que ya pasó (Guión en movimiento)– hay una escena que me conmueve en lo más profundo, la imagen en que Ángeles, Laura h. y Laura esperan en la puerta del fútbol 5 reflejadas por la luz de la noche. Maravilla ver la ciudad registrada en ese momento de la madrugada, como testimonio que inmortaliza tanto a las chicas como a todos los lugares que van apareciendo. Lo conocido se convierte en algo, no puedo aún ser preciso con la palabra, trascendental, nos afecta inmediatamente y cristaliza, es decir eterniza, a la ciudad en un momento histórico determinado.

En cinco días de diferencia, Piedra Blanda y los espacios que aparecen en Indicaciones se encuentran unidos, trazando una perpendicular en el mapa, por una distancia de 2.3 kilómetros.