“Qué inquietante este lugar” escribe un usuario encima del fragmento que muestra la escenografía de El Chavo del Ocho en ruinas. No sé si estos pequeños vídeos que veo provienen de Tik Tok o de Youtube. Noto que fueron hechos por computadora, que sin pasar por ningún afuera, llegan hasta mis ojos desde la interioridad misma del aparato que recibió y recibe nuestras imágenes y ahora, como alguien que crece, nos muestra las suyas. Relamidos de inteligencia artificial, propagados en los shorts de Instagram, Youtube, Tik Tok, X y Facebook los vídeos no duran más de treinta segundos y son, entre el fárrago que miro, las joyas de la corona. Un triciclo tomado por la herrumbre, los postigos humedecidos en cada departamento, el musgo ya crecido. Las ventanas rotas, el barril a medio deshacerse. El piso sucio, la vecindad sin iluminar. Una cámara, una linterna, un foco que recorta lo que observamos y nos lo da a ver a pedacitos, envuelto en estética de misterio. Espero todo el tiempo algún fantasma, un creepy pasta, un personaje de Chespirito, el programa, vuelto un zombie de las imágenes, un superviviente de sus propias imágenes. El vídeo no me lo muestra. Se concentra, con inquietud y hermosura, solo en la escenografía. Y los materiales allí reunidos, la disposición de un decorado, la composición hueca del cartón pintado alcanzan para decir que sobre las imágenes acaba de pasar, qué increíble, el tiempo.
Qué increíble. Qué fascinante. Qué horrible, qué precioso. Qué difícil. Mis ojos se van, mis ojos intentan pensar. No me interesa cómo hicimos estas imágenes. Me interesa esto que está pasando acá, ahora mismo, cuando este vídeo se presenta ante mis ojos. Que tengamos ganas de verlas, que se produzca, que circulen. Ese es el acontecimiento. Enseguida conecto el vídeo en mi memoria con todos esos canales de Youtube, antes que existieran los shorts, dedicados a contar la vida y triste final de personajes de series. Allí los actores perdían su identidad humana para convertirse todos ellos, incluido su destino de personas, su vida y triste final, en el libreto que alguna vez encarnaron. Porque las imágenes eran más fuertes que su identidad, los vídeos remitían en sus títulos al personaje sobre la persona. Respira hondo para ver cómo están las niñas de La familia Ingalls hoy. La trágica muerte del papá de Alf. La maldición de Glee. Muere hoy en Arizona Bengy Gregory, “Brian” en Alf. Cómo está hoy el niño de Mi pobre angelito. Cansados de preguntarnos por los frágiles cuerpos, hoy el vídeo que miro se pregunta por la escena, por aquello todavía más efímero que la actuación. Se pregunta por la superficie de las imágenes. Así se ve hoy la vecindad del Chavo.
Así se ve hoy. Quiere decir. Mira esta distancia. Mide este desfasaje. Observa este cambio. Nota la diferencia. ¿Dónde existen las imágenes? Santo cielo, ¿dónde se guardan? ¿Por qué quieren conocer su futuro? ¿Ellas lo conocen? ¿Nosotros debemos descubrirlo? El algoritmo me da otro vídeo donde, más lejos, la interioridad del aparato muestra el set de La niñera lleno de sus protagonistas caídos en el suelo. Tan inmóviles, tan semimuertos, semivivos como la ia puede mostrármelos. Pasados de polvo, olvidados de todo, dejados allí mismo donde siempre estuvieron, donde siempre están, en la escena que filmaron. Como si los videítos quisieran mostrarme que por un lado la escena sigue, se repite, permanece. Está allí. Filmada, pasada en papel film, calcada sobre la luz. Y por otro lado, sigue, continúa, transgrede su propio destino y se aleja en el tiempo. Esto está aquí, permanecerá siempre así, pero por sobre esto mismo pasará el tiempo. Son el pasado pero soportan el futuro.
Desde su sitial, las poéticas de la vida cotidiana de La niñera y Chespirito que ahora mismo, esta noche y ante mis ojos, son visitadas por el presente para interrogarlas por su futuro… esas imágenes, digo, parecen aleccionarnos acerca del poder que detentan. Durante mucho tiempo internet solo fue el sitio donde intentar explorar qué pasaba después de la televisión. Cómo había terminado el dibujo animado cuyo final nos perdimos en la infancia. Qué fue de la vida del actor que perdimos de vista, nunca mejor dicho. La película que vi de pequeño. La canción que no sabía cómo se llamaba. El partido que quería volver a ver. El esplendoroso archivo. La televisión era donde esa vida empezaba, internet donde podía tener algún futuro. Y estos vídeos que estos días en casa veo, no son, a la final, tan distintos. Incluso si la televisión acabase, la continuidad seguirá existiendo. Las imágenes no cambian. Tienen memoria, se arrastran cargadísimas de sí mismas, van hacia sí mismas. El decorado sigue dispuesto como cuando hace cincuenta años Roberto Gómez Bolaños, desde el mismo set, desde el mismo libreto, desde sí mismo pidió a Enrique Segoviano tomase esa imagen. La cámara sigue enfocando el mismo plano. Me parece correcto. ¿No debiéramos, después de todo, siempre preguntarnos por la vida que vivimos?