Cuando fuimos por primera vez a la cárcel con la Ro, la Noe y la Chana, fue para compartir poemas. Yo elegí dos: «Tembladerales de oro» de Madariaga y «Mate» de Bejarano. Fueron caballitos de batalla porque comparten la repetición de las palabras, algo que a toda persona ajena a la lectura de poemas, puede causarle algún efecto: risa, inquietud, extrañeza.
La repetición en ambos poemas es diferente. En Madariaga, el poema acumula, arma parva de objetos que se van transformando en oro. Hay un audio del correntino donde habla de ese poema, dedicado a su amigo Alfredo Martínez Howard. Ahí cuenta que escuchó por una radio a transistores que al susodicho le había pintado el fallecimiento. Madariaga andaba por el campo y cuando sale de un galpón, acongojado, ve como el sol va cayendo e iluminando todo con un resplandor dorado. El creador de la famosa golden hour.
En Madariaga, un objeto exterior, el objeto con mayúsculas que es el sol, trascendente el gringo, tiñe con su golden shower lumínica, todo el mundo del poeta. De ahí que el poema comience con esos versos que dicen “El dolor ha abierto sus puertas al agua de oro”. Ese oro vendrá también de la luz que desprenden los entierros o de la fosforescencia que tienen los aparecidos. Pero será ese exabrupto que es la mortajona, elemento exterior a un día en lo rural, lo que volverá todo uniforme.

Julián, en otro lugar, encaja un poema donde la cotidianidad es encierro. El poema mate como un cubo rubix, va dando vueltas hasta lograr versos luminosos. No habrá dolor, ni sol, ni trascendencia, ni objeto exterior que ilumine los objetos. Pero sí hay una esperanza. La esperanza de que entre tanto traqueteo, de que entre tanto melón y tanto carro, algo se produzca. Lo sagrado al tacho y el dolor, que en Madariaga es despliegue de poema, en Dinero parece seguir la declamación de Raimondi “El dolor está/” pum. Corte de verso. Lenguaje. Diversión. Esperanza en el movimiento de las palabras.
Me gustaría citar algunos versos del poema «Mate». No puedo. Mis libros están en cajas esperando una mudanza. Leo aleatoriamente lo que quedó a la vista. Un poco de Mastronardi. Leónidas Lamborghini. Partitas. Comprado con Monti y Manuel al Arma de Instrucción Masiva. Primera Edición. Corregidor. 1972. Qué año eh. Lamborghini abona el camino para que aparezca Dinero 50 años después. En el poema «Villas», dedicado a Frantz Fanon, el Lambo mete un litro de Fanon en el jarro medidor del poema, mete la mini pimmer de poemas, bate todo en poemas y sirve vasos iguales de poemas con versos. Eso muchas veces, hasta destilar un verso que para mí justifica todo el experimento: “Agarrarse la cabeza sin gritar estas cosas hay que decirlas”.
En la época de Leónidas, la trascendencia estaba mal vista. Andaban los sureños todavía dando infinito. Un Murena estaba planchando el traje de madera. Madariaga ya había escrito los tembladerales y nunca más iba a escribir un poema repetitivo. Repetirá temas de su mito hasta la muerte, pero no una palabra en un poema. Narrar su mito, ese era su sol, su objeto del sentido, su objeto más allá. En Leónidas también está y creo que es esa confianza en el verso. Saber que tarde o temprano la licuadora va a largar una mezcla deliciosa. Ese es el sol también del poema «Mate» de Julián.
Los muchachos siguen presos, menos el Mauri que ya salió y me lo encontré un día afuera del San Martín. Los que están en el penal creería que pueden optar por cualquiera de las dos esperanzas. Aquella que da el sol que entra por la ventana o la otra, que al acomodar todo lo que hay en su mínima celda de una forma exacta, un nudo se desate, algo se ponga en movimiento, un mecanismo se active. ¿Hay otras esperanzas posibles, otros movimientos, otras apuestas, otros poemas? Sí claro, el nuevo poema siempre está por escribirse.