Una imagen del presente. Pablo Be. subido al techo de un auto combatiendo su primer incendio como parte del cuerpo de Bomberos Voluntarios Santa Fe Capital. La cosa, memoriza mi amigo, se fue de las manos cuando el propietario intentó exterminar un panal de abejas. Empezaron el garaje donde el dueño de casa acumulaba innumerables objetos sensibles al fuego. En ese momento se dio cuenta de que la casa quedaba completamente inhabitable. La última llama se consumió a la hora de la siesta.
Me acuerdo que la última vez que nos vimos lo acompañé a Pablo a mirar casas para mudarse con su familia. Terminaron por decidirse por una que conozco finalmente el día después de navidad. Ahí estamos. Entrando por el garaje, que no solo cumple su función común de cochera, sino que hace de habitación provisoria. Al menos hasta que la familia empiece a organizarse, ahí es donde mi amigo duerme todas las noches cuando vuelve del cuartel.
Sucede que estamos en verano viviendo intensamente su primer cuarto de hora de calores en ascenso. Tengo encomendada la tarea de cuidar dos casas, para ser precisos, un patio y un departamento, mientras los ocupantes pasan las vacaciones afuera. Entonces me muevo de una casa a la otra formando un triángulo que, en general, tiene como punto de partida la calle Chacabuco -donde vive mi familia-, hago escala en el departamento de Luciano Molinas para llegar a la casa de Colodrero. El periplo suele finalizar cuando hago el recorrido de vuelta.
En definitiva hago lo mismo en los tres espacios solo que en distintos momentos del día. O lo mismo que cualquiera en plan tareas del hogar: limpiar todo lo que uso, regar plantas, barrer los pisos, escuchar discos, retomar lecturas, dormir la siesta, salir, volver y pasar la noche con aire acondicionado. Más se repite más lo asimilo y se vuelve rutina porque involuntariamente le agarro cariño a cada lugar con el movimiento que dicho estar y no estar genera.
¿Es posible vivir en plenitud mientras me muevo repetida e ininterrumpidamente? Duermo en Luciano Molinas, paso gran parte en Chacabuco y otra ración de tiempo afuera, subido a un auto, con amigos en patios o en quintas. Salgo, camino por Lavalle, barro el polvo acumulado en el pasillo y junto las cucarachas muertas en los rincones. Este cuaderno permanece quieto pero también es un volumen que activo en cada traslado. Previo a llegar a casa, paso por lo de Matías y Virginia para dejarles una bolsa de hielo para los festejos después de 12. Otro día, el pronóstico de lluvia se adelanta y antes de pegar la vuelta busco una campera.
Los libros que leo en el verano dialogan con estos recorridos de manera directa, y tanto se mezclan entre mis pensamientos que llevo sus impresiones a la práctica, es decir, a la escritura. Se trata de un regalo que me hizo Francisco N., El libro de la memoria de Paul Auster, y el otro escrito por Pablo Aranda, un amigo que hace poco publicó Zelarayán mi abuelo. Pienso detenerme más sobre este último por afinidad, porque la historia que Pablo cuenta es tan increíble como creíble resulta una fantasía.
El autor elabora un vínculo entre una parte de su familia, la vida y la obra de Ricardo Zelarayán. Tanto los emparenta que por momentos uno termina confundiendo ambas biografías. Unidos por la tradición oral, el abuelo de Pablo y el Zela se asimilan tanto en vida como en la muerte: estando presentes al mismo tiempo que ausentes. Al final del libro coinciden los dos también en la muerte.
La maniobra de Pablo Ar. es traerlos al presente y ensayar una historia que se juega en el límite de lo imposible, entre lo que fue, lo que no fue, lo que pudo ser y lo que definitivamente no. Sin embargo es a través del habla que se puede construir una memoria capaz de emparentar ausencias, físicas y por tanto espaciales, y así tejer una historia de posibles.
En un pasaje clave Pablo Ar. formula una pregunta que bien podría hablarse planteado Auster: “¿Cuál es el espacio de una memoria?”. En los pliegues de ambas lecturas resalta una idea de memoria como lugar intangible que en realidad no se halla en un espacio en concreto, sino que su soporte, es la oralidad. Pablo cuenta como su abuelo materno, que asegura haber leído muy poco, le narraba los clásicos de la literatura argentina sentados en el patio. La conexión con el Zela los ata de cerca en cuanto la voz se transforma mediante el relato de memoria, sosteniendo el hilo conductor que agrupa dos personajes en uno solo.
Este desplazamiento promulga al habla y a la escucha como vehículos esenciales de la literatura. Dispositivo que así como nos predispone a parar la oreja a todo momento nos moviliza también a relatar vivencias en la forma más pura del lenguaje. Dar voz a nuestro cuerpo de vida incompleta mediante el habla. El relato de memoria es el relato de cuanto hemos escuchado. El autor llega a pensar que de tanto memorizar los pasajes, su abuelo podría, en definitiva, modificar tales historias. Creador tanto como nunca una historia se reproduce de una sola manera.
La versión de memoria que sobrevuela la lectura de Paul Au. trae al presente, es decir, mientras leo el libro, vivo mientras leo, como plano de la existencia absoluto, donde el pasado ya no es un lugar que nos contiene y que vive internamente, sino que una vez producida esa ruptura en el tiempo, la memoria expone la actualidad en toda su dimensión, como único espacio realmente ocupado tanto física como virtual, espacialmente afuera.
A falta de un espacio donde reunir la obra de una memoria, surge un correlato, el vacío que contiene todo aquello que hemos olvidado. Entonces, uno llega a preguntarse: ¿Cuál es el lugar del olvido?
Mientras vamos en el auto, Pablo Be. me dice que ya van dos veces que se cruza a un amigo mío caminando y, al no recordar su nombre, lo ubica por detalles: “que usa lentes y habla filosóficamente; ese que estaba en el evento del taller”. La circunstancia, el día y el lugar señalados, nos permite finalmente dar con el nombre, la pieza restante, y rematar la anécdota.
Pablo habla desconociendo conociendo. Pablo habla de Pablo Ar.
Únicamente el olvido es capaz de situar a la memoria en el afuera, dotarla de sentido en el presente, es decir, emparentar las partes moviéndonos de un lugar a otro, existiendo en tres casas, caminando como lo hacemos a diario. El olvido estructurado a partir de recuerdos que se van borrando. Una vida, parece, se construye atenta a dichos traslados, como solo un punto puede terminar de fijarse momentáneamente. O como un presente que construimos, de hecho, narrando historias que se esfuman tan pronto como tocan el piso, o al menos tanto como pueda el habla sostenerse en el tiempo como memoria de nuestro paso por estas tierras.